martes, 31 de mayo de 2016

YO ERA ALGUIEN




Gerardo Barbera

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¿Ay, Dios!, las cosas de esta vida. Ahí está esa mujer, la misma de siempre, con ese caminar tan lento, a veces pienso que ella es una aparición absurda, no...la pobre no llega a la categoría de fantasma. Ahí, con esos pasos tan lentos, que ya parece una aparición...NOOOO, ya eso lo dije, ¿no es cierto?. Estoy cansado, de hacer lo mismo cada mañana, despertar, mirar el eterno andar de las estrellas, mirar a todos lados, con esa sensación de que de algún lado, la mano oscura del destino clavará la puñalada final. ¡Bueno!, par ser sinceros, ya nada importa, yo sería tan sólo un muerto más. seguramente alguien registraría mis bolsillos, tomarían mi cartera y se llevarían lo poco que me han regalado los dioses.
¿Saben? Yo era alguien, al igual que todos pensaba en el futuro. ¿Saben?, aunque no me crean..., yo era alguien. De verdad, lo juro, YOOO...ERAAA.  ALLLGUIENNN. Bueno, sé que no me creen, ya estoy viejo, sin dinero, si zapatos negros, sin huellas. Ya estoy viejo, y me siento cansado. De verdad, ya no quiero seguir madrugando cada día como un vulgar bachaco, a ver si los dioses rojos-rojitos se apiadan de los viejos moribundos..., y tal vez..., hoy...sí, sí´SIII, tengo ese presentimiento, tal vez hoy vendan café y leche en polvo, sólo ruego que me alcance el dinero. 

 Las seis de la tarde, mejor me voy, no he comido nada..., tengo ganas de ir al baño. A lo mejor mañana, vendan café y azúcar..., me levantaré a las tres como siempre, a ver, ¿quién sabe? si venga alguien vestido de oliva, con sus inmensas botas de acero y me regale algo, cualquier migaja que le sobre..., tengo miedo de morir de hambre.

Aunque nadie me crea, hace mucho tiempo tuve sueños...YO ERA ALGUIEN

MI AMIGO FIEL




Gerardo Barbera

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*
De qué vale el azul del mar,
para qué el calor de un beso,
si todo el oro del universo,
no cura esta soledad.

**

Si te olvidas de ti mismo,
si te escapas de tus sueños,
huyes de ese llamado,
de esa voz que inquieta,
de qué sirve estar vivo,
cuando el dinero es el dueño.

***
Ya no bastan tus lágrimas,
si has perdido el cielo,
los amigos que se fueron,
que no es eterno el dinero,
ni el oro, ni el poder
sólo el amor no es pasajero,
sólo Dios es amigo fiel.

sábado, 28 de mayo de 2016

EL SUJETO BIO-CULTURAL EN EDGAR MORIN




EL SUJETO BIO-CULTURAL EN EDGAR MORIN

Gerardo Barbera







La antropología racional
La Cultura Occidental tiene su origen y sus raíces fundamentales  en la episteme de la racionalidad lógica centrada en el  paradigma de simplificación, tal como lo expresa Aristóteles (2011:42) en la introducción a la Metafísica: “Mientras que los demás animales viven reducidos a las impresiones sensibles o a los recuerdos, y apenas se elevan a la experiencia, el género humano tiene, para conducirse, el arte y el razonamiento”.
Se trata del mismo paradigma epistémico, que desde Parménides, con la identificación entre Pensamiento y Ser se establece identidad ontológica entre el ser en sí y el ser en la conciencia, en donde la naturaleza ontológica deja de ser concreta y se transforma en ideas abstracta y universales. En lo referente a la identidad entre el ser pensado y el ser en sí, Aristóteles (1977) en el capítulo XII de la Metafísica lo expone claramente, en la supuesta identidad ontológica entre el ser inmaterial y el verdadero objeto inmaterial del conocimiento racional, que determinará la naturaleza del universo, de la sociedad y del hombre:
En las ciencias creadoras, ciertamente, la esencia independiente de la materia y la forma determinada son el objeto de la ciencia, y en las teóricas o especulativas lo son la noción y el pensamiento. Por consiguiente, puesto que en las cosas inmateriales el entendimiento no es distinto del objeto de la intelección, habrá entre ellos identidad y el pensamiento será una misma cosa con el objeto de su pensar. (p.1059)

El conocimiento se convierte en explicación racional a través del hallazgo de un ser universal que no se ve, ni se toca, pero se capta con la razón. En este sentido, Fraile. G (2010) en su Historia de la Filosofía I, presenta un comentario muy interesante acerca de esta búsqueda; que ya en los primeros presocráticos llamados “Naturalistas”, se convirtió en la tarea filosófica  por excelencia:
Las especulaciones de los primeros filósofos griegos se inician en torno al hecho de la mutación. Pero en contra de lo que hubiera podido esperarse en la aurora misma de la Filosofía, su actitud no es de realismo ingenuo y directo, más que las cosas particulares les preocupa la Naturaleza. No se preguntan simplemente qué son las cosas, sino que tratan de penetrar más adelante, inquiriendo de qué están hechas, cómo se hacen y cuál es el primer principio de donde todas provienen. Esto equivale a contraponer el ser al aparecer, las esencias a los fenómenos, lo cual les lleva a preguntarse si por debajo de las apariencias sensibles existe alguna realidad estable, algún principio, permanente a través de las mutaciones incesantes de las cosas. (p. 138)
 Esta identidad entre el pensamiento lógico y el ser ontológico se convierte en el paradigma único de todo el conocimiento de la naciente Cultura Occidental. Este paradigma lógico-racional recorre todo un camino histórico hasta llegar a conformar los fundamentos epistémicos del positivismo propio de la ciencia clásica y que afecta no sólo a la filosofía y a la ciencia en cuanto búsqueda del saber, sino, también al ser del hombre en cuanto a su hacer, su historia y su modo cultural de relacionarse en comunidad.
Por tanto, la racionalidad lógica ha condicionado la vivencia de la moral y la política, conformando opciones ontológicas y antropológicas en coherencia con esa epistemología lógica racional, que define la estructura del pensamiento Occidental y del proceso de Globalización propia del actual Capitalismo, como único modo de producción de conocimiento científico, de bienes y servicios, que apuntan hacia una sociedad tecnológica y impregnada del sistema comercial como entorno existencial dominante en toda la humanidad, tal como lo expresa Morin (2002:17) refiriéndose a la realidad de la presencia de una política cada vez más globalizada que trasciende lo estrictamente político y comercial convirtiéndose en problema de la existencia del ser ontológico del hombre:  “Al convertirse en mundial, la política no sólo se ha ampliado a horizontes planetarios, se ha dejado invadir por los problemas primeros, fundamentales, de la vida y la muerte de la especie humana”
Así, pues, la pretensión epistémica del paradigma racional de la Modernidad, ha sido siempre la de  idealizar la realidad; o en palabras de Heidegger (2013) “La determinación de la cosa como soporte de propiedades se da con toda naturalidad desde la experiencia cotidiana. Esta determinación de la cosidad se formuló en la filosofía ya desde la antigüedad” (p.36). El paradigma lógico de la Modernidad ha pretendido racionalizar el sentido de la existencia, normalizar bajo un mismo esquema valorativo y moral la convivencia social, es decir, concebir la realidad como algo reducible a esquemas o conceptos abstractos, ordenados y ordenadores, entendidos desde la óptica de la lógica radical y sus principios como fundamentos del método matemático  en que se fundamenta el positivismo, como único paradigma del saber científico, el cual es considerado como el único saber.
 En cuanto a la ética y la política, ellas están presididas también por la racionalización y el orden unificador, de modo que rechazan o excluyen las formas “menos desarrolladas” o “irracionales”, y que deben ser transformadas desde la Cultura Occidental en el proceso de Globalización.

Al respecto, Antolinez. R. (2011), en su obra "Ética y Educación", refiriéndose al tema de la relación amo-esclavo, presenta al amo con el único con derecho a ser libre, un derecho que tenía fundamentos filosóficos con una ética metafísica, basada en un deseo divino, de orden sobrenatural, basada en una antropología de la racionalidad:

Entonces, el único libre fue el amo, el esclavista; su autonomía y auto subsistencia se fundamentaron en la posesión, en la tenencia de los otros, de los esclavos. Así lo entendió Hegel en el aparte "Señorío y servidumbre" de su "Fenomenología del espíritu"; así lo justificaron, en la antigüedad, Sócrates, Platón, y Aristóteles, al considerar al esclavismo como un evento natural y no como un acto inmoral; así lo implantaron en América, algunos españoles, algunos bárbaros que se creyeron predestinados para civilizar a quienes consideraban bárbaros. (p. 63).

Este modo racional de entender la realidad se apoya en conceptos abstractos, que se refieren a esencias universales, que siempre ha sido un ideal epistemológico que se caracteriza por suponer un punto de vista absoluto y verdadero que se basa en la existencia de un sujeto conocedor y observador de una realidad que le llega desde afuera y que, por supuesto, el investigador puede definir objetivamente, tal cual como es la realidad ontológica en sí misma.
 Esta concepción conceptual del ser en sí, supone la  objetividad absoluta del universo ontológico, a la que no le afecta las vicisitudes del entendimiento del sujeto particular; menos, el sujeto entendido como conciencia universal y metafísica.
 Sin embargo, tal ideal de conocimiento, propio de la Modernidad y de las ciencias clásicas no ha resultado ser tan clara y transparente en ninguna de las áreas del saber; menos, en lo referente al ser del hombre en sí, como realidad existencial, tal como lo expresa Morin (2002) al referirse a la complejidad ontológica del sujeto:
La hominización no podrá ser concebida  por más tiempo como resultado de una evolución biológica estricta, ni tampoco como producto de estricta evoluciones espirituales o socio-culturales, sino como una morfogénesis compleja y multidimensional que es la resultante de interferencias genéticas, ecológicas, cerebrales, sociales y culturales. (p.65)

El fracaso de este modo de pensar simplificador en cuanto explicación del fenómeno humano y social  tienen sumido al hombre contemporáneo y a su mundo en una profunda y radical crisis epistémica en cuanto al sentido antropológico del saber, incluyendo algunas áreas de la Física y de la Biología, en donde no ha sido suficiente el modo conceptual y la supuesta objetividad pregonada por el positivismo radical y matemático.
 Galileo (2013), siendo uno de los grandes representantes y padres del positivismo moderno, expresaba con gran entusiasmo sobre su perspectiva ontológica y la relación del mundo-cosa, con el intelecto humano:
La filosofía está escrita en este grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos, me refiero al universo; pero no puede ser entendido si antes no se atiende a comprender la lengua y a conocer los caracteres en los cuales está escrito. Está escrito en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y las otras formas geométricas, en las cuales es imposible entender humanamente algo. Sin esta lengua todo es un agitarse vanamente en un oscuro laberinto. (p 197)



Hacia la comprensión de lo humano desde el paradigma de la complejidad.
 De esta insuficiencia existencial del conocimiento científico, dedicado solamente a la creación de un mundo tecnológico y virtual, que no incluye el problema humano y su trascendencia existencial, surge  la necesidad de un nuevo modo de pensar desde el paradigma de complejidad, desde una visión que no pretenda la simplificación basada en la supuesta objetividad y en una ontología reducible a la “extensión”, propia de las ciencias matemáticas. La complejidad como paradigma trasciende lo analítico de la Modernidad y se plantea una ontología sistémica, relacional, compleja en sí misma, o dicho en términos de Morin (1999) al referirse a la naturaleza propia del universo:
Todos los objetos clave de la física, de la biología, de la sociología, de la astronomía, átomos, moléculas, células, organismos, sociedades, astros, galaxias constituyen sistemas. Fuera de los sistemas, no hay sino dispersión de partículas. Nuestro mundo organizado es un archipiélago de sistemas en el océano del desorden. Todo lo que era objeto se convierte en sistema. Todo lo que era incluso unidad elemental, se convierte en sistema. (p. 121)
El pensamiento complejo implica un modo alternativo de pensamiento en términos organizacionales, y no en términos absolutos, universales, únicos, reduccionistas y excluyentes. La complejidad es relación y es inclusión en un proceso siempre continuo; de hecho, ni siquiera excluye la simplificación, ni el método matemático, ni la ciencia física y su tecnología, sino que integra a todos los elementos en el modo propio del pensamiento complejo. El pensamiento complejo exige la capacidad de sinceridad epistémica y existencial en la comprensión de la naturaleza real del universo, Morin (2000) como lo expresa en Los siete saberes necesarios a la educación, donde plantea un modo distinto de ontología y de la antropología correspondiente
Estamos en un gigantesco cosmos en expansión constituido por miles de millones de galaxias y miles de millones de estrellas y aprendimos que nuestra Tierra es un trompo minúsculo que gira alrededor de un astro errante en la periferia de una pequeña galaxia de suburbio. Nuestro planeta erra en el cosmos. Debemos asumir las consecuencias de esta situación marginal, periférica, que es la nuestra. Como seres vivos de este planeta, dependemos vitalmente de la biosfera terrestre; debemos reconocer nuestra muy física y muy biológica identidad terrenal (p.53)

En cuanto a la comprensión de lo humano, en el paradigma de la Modernidad, el sujeto es irrelevante como referencia epistémica. De hecho, pensar en lo propio del sujeto, simplemente no es útil. El hombre, en cuanto misterio personal, no es objeto de investigación en las ciencias físicas; por tanto, carece de importancia como “objeto de estudio”; pues, o bien se le ignora, hasta el punto de hacerle desaparecer de la ciencia, por considerar que  el sujeto es algo “subjetivo”, aleatorio, irracional; o bien, se le mantiene como una incomprensible entidad metafísica o espiritual, que en nada afectaría al conocimiento científico en sí mismo, y que, a lo sumo,  interesaría a filósofos y religiosos que solamente construyen mundos teóricos de arena.
 Es decir, desde esta perspectiva reduccionista de la ciencia,  el sujeto, en cuanto subjetividad no es un ser en sí mismo, y la ontología que lo soporta sería la de las realidades ideales, cuya existencia, de tenerla sería fantasmal. Frente a este reduccionismo epistémico, Hartmann (2005) expresa su tesis sobre la realidad ontológica del sujeto como centro de lo psíquico, una realidad física y no ideal, una subjetividad con las mismas dimensiones espacio temporal que se encuentra en todos los elementos físicos del universo, y que esta realidad ontológica de lo psíquico poco o nada tiene que ver con el conocimiento que se tenga de la subjetividad personal:
Es patente que hay una vida psíquica real que transcurre independientemente del grado en que se la conoce y que no se identifica con la conciencia. Transcurre en el mismo tiempo real en que transcurren también los sucesos físicos, cambiando y desarrollándose en la misma secuencia unívoca e irreversible, mostrando el mismo modo de surgir y desaparecer; más aún, está en una multiforme relación de condicionamiento mutuo con el curso de los sucesos externos. (p. 11)
 Todo lo contrario ocurre en el pensamiento complejo. La complejidad es una opción epistémica de relación, integración, apertura; y, en cuanto tal, renuncia a un punto de vista único y absoluto de verdades  universales y eternas propio del paradigma de la Modernidad, o como las llama Kant (2015), “verdades necesarias” que no admiten ninguna hipótesis, ninguna duda, la certeza es necesidad de verdades absolutas e inmutables:
Por lo que se refiere a la certeza, me he impuesto el criterio de que no es en absoluto permisible el opinar en este tipo de consideraciones y de que todo cuanto se parezca a una hipótesis es mercancía prohibida, una mercancía que no debe estar a la venta ni aun al más bajo precio, sino que debe ser confiscada tan pronto como sea descubierta. Todo conocimiento que quiera sostenerse a priori proclama por sí mismo su voluntad de ser tenido por absolutamente necesario. (p. 11)

 En pocas palabras, para el pensamiento complejo, resulta fundamental  considerar al sujeto y a todas las dimensiones antropológicas que lo conforman como centro del saber, como protagonista principal del proceso del conocimiento. Es decir, conocer el conocimiento o las múltiples formas de conocer, más allá del reduccionismo de la lógica racional. Se trata de implicar un saber afectivo, emocional, social de convivencia, desde una persona encarnada en su realidad corporal, comunitaria y social, que vive una historia de vida concreta, y que tiene interrogantes que no resuelve plenamente la ciencia y su tecnología. Es necesario, por tanto, introducir al sujeto, lo que equivale a fundarlo sobre nuevas bases antropológicas y epistémicas que trasciendan los postulados del positivismo y de la racionalidad lógica de la Modernidad.
Desde el paradigma de las ciencias físicas fundadas en la episteme de la Modernidad, no se puede comprender objetivamente los significados de la existencia, lo humano. Entonces, hace falta tomar conciencia de la pertenencia del saber científico a una cultura; su participación como saber tecnológico en una sociedad, en una historia. Desde el saber científico no se logra, ni siquiera como “objeto de estudio”, comprender a plenitud el fenómeno humano como ser existencial, personal y social.
 Por otra parte, A las llamadas  ciencias humanistas les hace falta tomar conciencia de las raíces físicas y biológicas de los fenómenos humanos, y no aferrarse solamente a un saber metafísico o trascendental de hombre, como si se tratase de una especie extraterrestre. En definitiva,  ni la ciencia carente de reflexión, ni la reflexión puramente metafísica, filosófica, religiosa y especulativa resultarían suficientes en sí mismas.
En consecuencia, desde el paradigma de la complejidad se concibe de toda realidad física, biológica, psíquica, social, política, cultural como un solo universo ontológico en infinitos sistemas de relaciones que no pueden ser comprendidos plenamente desde el paradigma simplificador del positivismo. Sin embargo, la complejidad, efectivamente, no pretende ser “la llave del mundo”, el nuevo “arjé” filosófico; sino, el desafío epistémico, antropológico, educativo y social. El pensamiento complejo consiste en evita  caer en el error  de ser reducido a una definición conceptual y abstracta, hasta convertirse en una idea clara y distinta, al estilo original del paradigma de la Modernidad.
En este contexto,  surge la necesidad de dar con un modo de pensamiento comprensivo de la complejidad de lo real, que no ignore el problema trascendental y ontológico  de la realidad y de los retos existenciales que implica el conocer; sino, que permita profundizar en la naturaleza ontológica reconociendo su complejidad sistémica y física, como lo menciona Otto (2014) al referirse a la naturaleza física del universo complejo en inseparable en islas corporales, sin distorsionar su propio ser en sí:
El materialismo filosófico marxista entiende por materia la realidad objetiva en todas sus variadas manifestaciones. No son sólo materia las diminutas partículas de que están formados todos los cuerpos. Lo es el infinito números de mundos del Universo  infinito, las nubes de gas y de polvo que hay en el cosmos; lo es nuestro sistema solar, con el sol y los planetas, lo es la Tierra con todo cuanto en ella existe. Son también materia las radiaciones, los campos físicos (electromagnéticos y nucleares) que transmiten de unos cuerpos y partículas a otros y que los unen entre sí. (p. 35)

 A dicho modo de pensamiento complejo no le es posible reducir el fenómeno a sus elementos, ni separar el objeto de su entorno, ni el objeto del sujeto que lo conoce, sin distorsionar la naturaleza sistémica y compleja de todo conocer. No le es permitido abordar el conocimiento de la naturaleza ontológica  aisladamente del conocimiento de la naturaleza del conocimiento en cuanto hacer existencial y social de un sujeto encarnado e histórico.
 Todo conocimiento se da en su relación con el sujeto, el cual a su vez no puede desenraizarse de la naturaleza física, biológica, al tiempo que está enraizado en una comunidad dentro de una  sociedad, en una historia de vida real y concreta.
De hecho, esta historia de vida real y cotidiana no se detiene donde empieza el hombre, sino que se complejiza con la presencia de lo humano. El hombre integral, en todas sus dimensiones antropológicas emerge como una realidad biofísica que se desarrolla hasta el extremo de ser trascendente que se manifiesta en la ciencia, el arte, la religión; pero sin perder sus condiciones corporales de fundamentos biofísicos que lo unen a la naturaleza ontológica del universo material.
En este trascenderse a sí mismo,  durante todo un proceso histórico que está en pleno desarrollo,  la cualidad de sujeto adquiere la complejidad máxima como ser personal, con características ni siquiera exploradas, ni imaginadas por el mismo hombre. De ahí la necesidad del conocimiento del conocimiento.
Por consiguiente, la idea de complejidad, que corresponde a la comprensión de la complejidad antropológica, permite aproximarse a una concepción del hombre, como realidad a la vez física, biológica, psicológica, íntima, comunitaria, social, histórica, trascendental.
Sin embargo, ni la física, ni la biología, ni la antropología, ni la sociología, entendidas como ciencias aisladas y “autónomas”  pueden ser pensadas como modos de comprensión de lo humano, si ignoramos el concepto de sujeto como fundamento ontológico de la realidad existencial y trascendente del hombre.
 El mismo conocimiento del sujeto en cuanto interés de estudio y comprensión no sería conocimiento real del ser del hombre, si se ignora las estructuras del sujeto. Ignorar las estructuras reales de las dimensiones del sujeto llevaría a una concepción puramente ideal y probablemente inexistente, un ser abstracto, un fantasma o un hada. Al respecto Morin (1999) en su texto antropológico, El hombre y la muerte, expone sus ideas en cuanto al modo de comprender lo humano:
La antropología es la ciencia del fenómeno humano. A diferencia de las ciencias que estudian los fenómenos dividiéndolos en partes inteligibles por sí solas, la antropología considera la historia, la psicología, la sociología, la economía, etc., no como partes independientes sino como componentes o dimensiones de un fenómeno global. (p. 10)

En consecuencia, la toma de conciencia de la importancia del estudio del  sujeto como realidad existente y central en el proceso de todo saber, en el marco de las ciencias físicas, biológicas, humanistas, o en cualquier área  del conocimiento en general, no significa caer en el subjetivismo, idealismo, relativismo, gnosticismo,  ni psicologismo, fenomenalismo. Se trata, precisamente, de acercarse al sujeto en real en su computar vivencial y existencial, tal cual como es en sí mismo en su hacer conocimiento.
Es decir, en el marco epistemológico se parte del conocimiento del sujeto, o si se prefiere, del conocimiento del conocimiento, en cuanto que es  conciencia íntima y personal que conoce. El sujeto se hace objeto de su conocimiento; aunque sin dejar, paradójicamente, de considerarlo sujeto, cuya naturaleza no se reduce a ser objeto de conciencia. El hecho de que sea objeto de conocimiento, no le resta su ser sujeto en sí mismo, no cambia jamás su naturaleza ontológica, personal y trascendental. No cabe un sujeto que sea sólo un objeto.
Por tanto, se plantea la necesidad epistémica de reintroducir el sujeto como conciencia trascendental; es decir, el sujeto como conciencia que conoce. Pero Morin, a la hora de elaborar la concepción de sujeto, muestra la posibilidad de hacerlo surgir desde las dimensiones físicas y biológicas. En la concepción del paradigma de la complejidad el sujeto no puede ser un Ego metafísico, especie de entidad misteriosa, espiritual exterior a la realidad. Morin señala que el yo-sujeto está presente en las realidades biológicas, en los seres vivos, y no es una cualidad solamente humana; lo humano sería el alto nivel de complejidad de su sistema nervioso central.
Morin plantea que es posible concebir la emergencia biológica del sujeto, en cuanto conciencia personal; no se trata de algo misterioso o celestial, sino de un proceso evolutivo de la vida misma en general; con esta concepción biológica de la aparición del sujeto humano, se hace de la conciencia un concepto biológico real y por ende científico.
En Morin,  la noción de sujeto es en primer lugar y fundamentalmente biológica; entonces,  ser sujeto es la manera de ser y actuar de la persona  viviente en cuanto fenómeno de vida personal y social. Así, pues, Morin plantea una noción antropológica no sustancial, ni esencialista, sino una cualidad o modo complejo del individuo viviente, y desde este modo biológico de su ser viviente emerge la conciencia humana como producto de todo un sistema complejo de evolución de la vida planetaria.
El sujeto, entonces se concibe como la trascendencia que conoce, y no como el “estorbo” a eliminar, tal como lo denuncia Morin (2002) al referirse a la teoría del conocimiento de la Modernidad, en donde el sujeto debería ser ignorado:
En efecto, la ciencia occidental se fundó sobre eliminación positivista del sujeto a partir de la idea de que los objetos, al existir independientemente del sujeto, podrían ser observados y explicados en tanto tales, la idea de universos de hechos positivos, liberados de todo juicio de valor, de toda formación subjetiva, gracias al método experimental y a los procedimientos de verificación, ha permitido el desarrollo prodigioso de la ciencia moderna. Dentro de este marco de referencia, el sujeto es, o bien el “ruido”, es decir, la perturbación, la deformación, el error, que hace falta eliminar a fin de lograr el conocimiento objetivo (p. 65)

Ahora bien, dentro del paradigma de la complejidad se evita el dualismo ontológico, propio del idealismo y del positivismo. Entonces, desde la complejidad, las dimensiones antropológicas y existenciales propias de lo humano, al igual que su naturaleza física como ser viviente o biológico, no es algo  perteneciente a un contexto ontológico aparte; sino que emerge de los procesos complejos de la vida y es  producto  del proceso molecular que se auto-recomienza y se auto-regenera permanentemente dentro de los procesos de toda la naturaleza.
 De hecho, Morin plantea que  la conciencia como emergencia que es, resulta perfectamente producto biológico del proceso del que emerge; sin embargo, no reductible a lo mecánico o la neutralidad inmóvil del “conocimiento agente” aristotélico. La vida no produce la conciencia humana como si fuese un proceso industrial de caramelos; sino, que retro actúa recursivamente sobre dicho proceso, como un ser-sujeto, que comprende cualitativamente, el sentido mismo del ser persona social, en un entorno social, histórico y planetario concreto.
Es decir, el sujeto, en cuanto conciencia humana tiene sus raíces ontológicas en lo biológico, de modo  semejante como lo biológico se enraíza en lo físico, sin por ello ser posible reducirlos entre sí, lo cualitativo establece irreductibilidad óntica entre lo físico, lo biológico y lo humano. Las diferencias cualitativas entre lo físico, lo biológico y la conciencia son reales; y, no son dadas a simplificaciones ontológicas de orden materialistas, o a reduccionismo metafísicos. El sujeto como presencia en los seres vivos ha de ser concebido como una noción compleja; con mayor razón, la conciencia humana escapa a cualquier intento de simplificación.
El carácter propio y específico de los seres vivos y de la vida,  lo constituye justamente la cualidad de sujeto, que alcanza su mayor complejidad en el asombroso cerebro humano, que es capaz de organizaciones sociales que trascienden las necesidades individuales, tal como lo expresa el mismo Marx (2010) refiriéndose a la finalidad trascendental de la lucha obrera: “La emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clases, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo dominio de clase” (p. 14) Desde lo social, el sujeto humano trasciende lo individual, aunque siempre fundado en sus raíces biológicas.
Ahora bien, como ya se ha afirmado, la acción computante del sujeto humano tiene raíces biológicas; sin embargo,  por computación se ha de entender, no el simple cálculo mecánico de estímulo y respuesta al estilo de las teorías reduccionistas del   conductismo simplificador y conductista; sino, un complejo sistema que organiza y produce un proceso de carácter cognitivo, que conlleva una instancia informacional que puede ser captada por el sujeto de cada ser vivo en particular, para poner fin a una incertidumbre biológica o resolver una alternativa mediante el modo de afirmación o negación ante una instancia simbólica, que permita codificar la información en signos, en función de lap  propia supervivencia como seres vivos que necesitan del medio ambiente para alimentarse, entre otras cosas.
Pero, en el caso del ser humano lo existencial como búsqueda de sentido, puede estar guiado por ideales de justicia y de igualdad social, que trascienden lo meramente “alimenticio”, o la misma supervivencia. Es tal vez, lo que Morin (2000) desea expresar en su texto, El paradigma perdido, al mostrar el desarrollo de la conciencia humana como lo imprevisto, lo no reducible a instintos programados, sino, como procesos siempre inéditos y trascendentales:
Afirmar que la huminización es un proceso en el que se han interferido mutuamente las mutaciones genéticas, los desafíos e interacciones ecológicas, la praxis civilizadora de la caza, el desarrollo de la complejidad social y la constitución de la cultura, equivale a decir que se trata esencialmente de un proceso de interacciones e interpretaciones en el que toda variación en cualquiera de sus constituyentes actúa de inmediato sobre todos y cada uno de los demás para modificarlas de las más diversas formas. Dicho proceso parece contigente y aleatorio, pues tanto la variación del ecosistema como la mutación genética o la invención de una nueva técnica son sucesos que tienden a desorganizar el sistema establecido y que no obedecen a ningún plan previo de desarrollo. (p 106)

En realidad, desde la dimensión biológica, la menor acción, reacción, interacción, retroacción del ser viviente más simple, necesita y comporta computación por parte del sujeto-individuo. En consecuencia, el ser viviente computa permanentemente y, en este sentido, la computación es el ser mismo en cuanto vida real que se desarrolla en función de la vida misma, la vida se plantea como una lucha por la supervivencia que se inicia en el sujeto de cada ser viviente.
 Así, pues, el ser viviente, desde la célula, consiste en computar en función de la supervivencia. En este sentido, partiendo de lo biológico en general, un rasgo constitutivo de la actividad organizadora entre el sujeto viviente y su entorno es su carácter centrado en un “yo íntimo e individual” propio de cada ser viviente que computa constantemente en función la propia supervivencia. Entonces, los mismos ideales de justicia social, son búsqueda de sentido existencial; y también, de supervivencia biológica de la especie. La justicia se entiende como equilibrio biológico entre los seres vivos y el entorno. La justicia tiene raíces biológicas. No hay secretos en la relación vida social y supervivencia individual, o en expresado enpalabras de Morin (1990): “La sociedad es producida por las interacciones entre individuos, pero la sociedad, una vez producida, retroactúa sobre los individuos y los produce. Si no existiera la sociedad y su cultura, un lenguaje, un saber adquirido, no seríamos individuos humanos” (p. 107)
En consecuencia, ya en la base de lo biológico, el ser unicelular se constituye en centro de referencias analógicas y determina un espacio especial en función de sí. Claro, no se trata de que los seres unicelulares ya posean conciencia existencial sobre el espacio y el tiempo. No obstante, estos marcos celulares de referencia permiten tomar las decisiones en función de sí mismo y en función de satisfacer cualquier necesidad o huir del peligro, aproximarse o alejarse, absorber o rechazar..., actividades que constituyen la cualidad de sujeto en cada ser vivo. En definitiva, dentro de la antropología propuesta por Morin, el proceso de computar de los seres vivos del planeta constituye el fundamento de la noción de sujeto en la dimensión biológica, desde los seres unicelulares hasta la aparición cualitativa de la conciencia humana.
Entonces, la antropología desde la complejidad consiste, pues, en concebir a todo ser viviente, desde su dimensión biológica, como un ser computante, centrado en la subjetividad. Por supuesto, no se trata de atribuir desde el paradigma de la complejidad conciencia a la bacteria, ni mucho menos extraer una fundamentación filosófica acerca de la naturaleza sustancial e inmaterial del yo, como se ha planteado desde el idealismo y desde el positivismo, al separar en un dualismo radical la conciencia personal que piensa, del cuerpo y del entorno material, como si se tratasen de naturalezas ontológicas distintas, que conformarían dos universos distintos, uno material y desvalorado como cosa, y el ser personal colocado como centro espiritual del universo, con su respectivo antropocentrismo mítico y no real, como lo afirma Morin (2000) al referirse al dualismo hombre-naturaleza del humanismo racionalista ” Así pues, el mito humanista del hombre sobrenatural es reconstituido en el propio seno de la antropología y la oposición naturaleza-cultura ha tomado la forma de un paradigma, es decir, de modelo conceptual que dirige todo su pensamiento. (p. 21)
No se trata de un simple reconocimiento conceptual o reflexivo sobre la “esencia del yo”, como una “sustancia” universal y misteriosa oculta más allá de los elementos no esenciales, los llamados “accidentes” particulares, donde se plantea un paradigma dualista que llega a consecuencias epistémicas, al estilo de Kant (2015) “…entenderemos, pues, por conocimiento a priori el que es absolutamente independientemente de toda experiencia. A él se opone el conocimiento empírico, el que sólo es posible a posteriori, es decir, mediante la experiencia” (p. 43)
Sin embargo, desde la perspectiva antropológica, los fundamentos teóricos del paradigma de la complejidad se admite una diferencia cualitativa e irreductible entre el sujeto humano, que dispone de la consciencia de sí, del lenguaje, del concepto, del arte, la política, la cultura y un ser unicelular. Pero hay también que admitir que todo ser viviente comporta un circuito/bucle en que el computante que ocupa el puesto egocéntrico propio de un “Yo”, que  se objetiva en la vida real como computado lo propio del ser al cual pertenece, y este computar distinto e identificado consigo mismo como individuo único y particular. En definitiva, se trata de una antropología ontológicamente unida al universo; pero, con una dimensión cualitativa que lo hace ser personal desde lo propio de su ser conciencia.
 Desde la dimensión biológica de la vida en sí, la actividad cognitiva  del ser celular no nos es visible directamente debido a que se confunde con su auto- organización misma; sería como decir que “comer y vivir son una misma cosa”. En el ser humano el conocimiento es una facultad distinta y diferenciada,  relativamente autónoma, dicho de otro modo, la conciencia del “Yo” como sujeto único y personal, se convierte en conciencia de sí mismo, como ser personal irrepetible, distinto a lo otro; el hombre se sabe único, tiene conciencia de sí como experiencia íntima. Por tanto, la afirmación de su intimidad personal, como conciencia de sí, da sentido  a la historia de vida misma, en cuanto ser personal en búsqueda de sentido existencial del “Yo” de cual se tiene conciencia. El hombre no vive solamente para comer y reproducirse.
Partir desde el paradigma de la complejidad permite aproximarse al problema de la relación entre sujeto y objeto desde una perspectiva epistémica alternativa y distinta a la Modernidad. Se aproxima al problema de la relación entre el ser personal y el entorno, ya no como entes eternamente distintos ontológicamente como lo afirma el positivismo; sino, más bien, comprender que la relación sistémica entre sujeto y objeto lleva a entender, sin caer en idealismos absolutos y reduccionista.
En consecuencia, el sujeto produce el objeto que lo produce, en una constante dialéctica, no de contrarios que se suprimen y se aniquilan; sino, de realidades de un mismo universo ontológica en constante relación sistémica que se complementan, y no separar el conocimiento al estilo de la Lógica de Hegel (2014), en donde la realidad llega a ser suprimida como objeto de conocimiento y se propone un mundo ideal e inexistente de formas abstractas  absolutas como el verdadero ámbito del conocimiento filosófico que servirá de fundamento a todo el conocimiento científico en cualquiera de sus dimensiones y particularidades:
La forma más perfecta del conocimiento es la que se realiza bajo la forma pura del pensamiento. Aquí, el hombre existe en su perfecta libertad. Que la forma del pensamiento sea la forma absoluta, y que en ella la verdad se manifieste tal como es en y para sí, este es el punto de vista y el principio fundamental de la filosofía (p.42)
 Entonces,  el ser sujeto personal, toma conciencia del conocer, se hace referencia a sí mismo como sujeto que conoce, pero también necesita conocer objetivamente lo que trata, organiza y manipula, como entes diferentes al mismo sujeto que conoce. Por tanto, en cuanto sujeto consciente de su acción de conocer lo externo, comenzando por los constituyentes de su propio organismo, como posibles objetos de conocimiento; debe ser realista a la vez que egocéntrico desde el acto cognitivo, tanto más realista cuanto más eficazmente egocéntrico debe ser.
Es decir, el individuo personal y biológico en tanto sujeto simultáneamente es consciente de que conoce, y de que lo conocido es externo al Ego, y entonces, al conocerse como diferente de lo conocido, se revela en su ser sujeto individual. De ahí la posibilidad de la conciencia reflexiva que trasciende lo estrictamente conductual, o dicho en palabras de Gevaert (2010) al referirse a la naturaleza del conocimiento centrado en la subjetividad de la conciencia personal: “No hay en el hombre un conocimiento sensitivo idéntico al del animal, como tampoco hay un conocimiento intelectivo puramente espiritual o independiente del cuerpo” (p. 157)
Además, cabe señalar, que el sujeto humano es existencial, personal, trasciende el modo instintivo de la conducta en la escala de los sujetos biológicos. Sin embargo, este sujeto humano necesita, si lo queremos concebir de un modo ontológico la naturaleza de lo humano, en cuanto lo que en sí mismo es el hombre, sin rodearlo de esencias fantasmales, se tendría que ubicar en su enraizamiento físico ; o sea, en la concepción biológica del sujeto.
El sujeto humano, mediante su capacidad consciente y reflesiva, concibe la subjetividad del individuo viviente y su dimensión cognitiva, y concibe también que a través de una compleja evolución biológica procede lo humano, como propio de la naturaleza biológica; es decir, el cerebro cognoscente, así como la determinación sociocultural, y todas las manifestaciones del hombre han surgido de los seres unicelulares. Sin embargo, desde la opción epistémica, las raíces biológicas de lo humano no suponen una ontología racionalista y positivista; sino, una visión trascendente y compleja del ente humano, o en palabras de Hartmann (2005) al referirse al carácter no positivista de la ontología: “La exactitud de la ciencia positiva tiene su raíz en lo matemático. Pero esto no constituye en cuanto tal las relaciones cósmicas. Todo lo cuantitativamente determinado es cantidad de algo” (p. 2)
Ahora bien, si lo propio del ser vivo es la cualidad de sujeto centrado en computar en función de la supervivencia de sí mismo, entonces, en cuanto ser biológico, ha de ser así en el caso de los seres humanos. De acuerdo a la antropología desde el paradigma de la complejidad, este ser sujeto biológico del ser humano se construye en por lo menos tres dimensiones integradas en un mismo ser: la dimensión corpórea, ya que el organismo es una realidad concreta; el cerebro, como centro de lo  psíquico;  y, por último, la conciencia imaginativa,  en cuanto a capacidad de arte, de cultura, de ciencia.  En este contexto antropológico, en donde el ser del hombre se fundamenta desde sus dimensiones biológicas, Morin (2000) expresa claramente su pensamiento, al valorar el aspecto biológico como constitutivo de la misma evolución del hombre, tanto como persona, como ser social:
Comencemos, pues, por el primer punto: el hombre es un ser totalmente biológico. En primer lugar, es necesario ver que todos los rasgos propiamente humanos provienen de rasgos primates o mamíferos que se han desarrollado y han llegado a ser permanentes. En este sentido, el hombre es un superprimate: rasgos que eran esporádicos o provisionales en el primate el bipedismo, el uso de instrumentos e incluso una determinada forma de curiosidad, de inteligencia, de consciencia de sí han llegado a ser sistemáticos en él (p.35)

Cada una de las tres dimensiones biológicas del ser humano, tiene la facultad de independizarse relativamente de la anterior, no desde lo ontológico, ni siquiera como realidad biológica, ya que conforman un mismo ser; sino, desde sus manifestaciones particulares. En consecuencia, el ser humano ha de ser concebido desde  la dimensión biológica de sujeto, con todos sus rasgos esenciales incluidos que no pueden ser reducidos  a una esencia o sustancia abstracta. Entonces, ni materialismo radical desde la antropología positivista y conductista, ni idealismo absoluto con su espíritu encarnado, ni el dualismo cartesiano alma-cuerpo con su interpretación del alma: conciencia que dirige a un cuerpo mecánico, resultan ser concepciones antropológicas suficientes para entender al hombre en todas sus dimensiones como complejidad en sí mismo.
No se trata de negar la conciencia trascendental como propiamente humana, sino de integrarla en la naturaleza biológica y real de la cual proviene lo humano. En efecto, la conciencia, que producen la idea de sujeto, han de entenderse como la forma actualmente última, no primera del ser sujeto; el espíritu humano es consecuencia de su ser sujeto, y no causa del mismo. En este sentido, Morin (2000) plantea que justamente el “nudo gordiano” de la concepción antropológica desde la complejidad se encuentra en la diferenciación entre el animal instintivo, y el hombre consciente, manteniendo entre ambos la continuidad biológica como fundamento ontológico:
Así pues, la cuestión del origen del hombre y de la cultura no es simplemente una ignorancia que debemos subsanar, una curiosidad que necesitamos satisfacer. Se trata de un problema de inmenso alcance teórico, múltiple y general. Es el nudo gordiano que asegura la soldadura epistemológica entre naturaleza – cultura, entre animal – hombre. Es el sitio justo donde debemos buscar los cimientos de la antropología. (p. 59) 

Así, pues, la noción de sujeto biológico como fundamento primero de lo humano, lleva a una concepción antropológica desde la complejidad y no desde la simplificación analítica fundamentada en esencias abstractas. En realidad, el hombre es un complejo irreductible a una sola de sus dimensiones. Por esto, el ser biológico del hombre ha de concebirse como un sistema complejo que incluye lo genético, lo psíquico, lo comunitario, lo social y lo cultural, cuyos elementos integrantes serían: la especie humana, la sociedad como modo cultural de existencia y el individuo como sujeto.
Sencillamente, se trata  de tres dimensiones antropológicas que no pueden pensarse sino en conjunto sistémico. Por ello, desde la antropología como ciencia, se hacen precisas para su concepción real y existencial, las aportaciones más variadas de los físicos, biólogos, antropólogos, sociólogos, etólogos, psicólogos, religiosos y filósofos. En este sentido, Morin (1999) expone su definición de la antropología desde el paradigma de la complejidad:
La antropología es la ciencia del fenómeno humano. A diferencia de las ciencias que estudian los fenómenos dividiéndolos en partes inteligibles por sí solas, la antropología considera la historia, la psicología, la sociología, la economía, etc., no como partes independientes sino como componentes o dimensiones de un fenómeno global. (10)

De este modo, desde las opciones epistémicas de la complejidad, la realidad propia del hombre está conformada por dimensiones biológicas  hipercomplejas en su funcionamiento y naturaleza, y sobre todo, por la inseparabilidad y simultáneamente que hay entre ella, en función de la existencia del ser personal como individuo, como familia, como comunidad, como especie y como sociedad. De hecho, esta complejidad biológica se manifiesta, ya en el funcionamiento del cerebro y de todo el sistema nervioso central, pues en él se dan interdependencias múltiples y simultáneas y combinatorias   de asociaciones e implicaciones inimaginables.
De este modo, en el cerebro como centro de todo el sistema nervioso, se interrelacionan activamente los tres principios de la complejidad antropológica, o sea, el principio hologramático, el principio recursivo y el principio dialógico. El cerebro, como centro computante del individuo biológico, es un sistema complejo policéntrico, de múltiples facetas y de increíbles procesos de adaptación y supervivencia que resultan estar constituida por tres dimensiones  propiamente humanas, la razón, la afectividad y la pulsión. Sin duda, se trata de tres dimensiones del ser computante del individuo-hombre-persona que en sus funcionamientos complejos y sistémicos de relación entre ellos,  constituyen la raíz biológica de la paradójica condición “sapiens/demens” propia del ser humano en su existencia personal y social. Es decir, la razón y la locura tienen sus raíces biológicas.
En cierto modo, la antropología de la complejidad sostiene que junto con el pensamiento lógico racional constitutivamente, como modo de la misma naturaleza humana,  subsiste en todo ser humano el pensamiento simbólico, mitológico, religioso y mágico. El hombre no es sólo razón, actividad lógica; posee además, como parte de sus raíces biológicas lo imaginario, como modo de su ser pensante; y no sólo como antagonista de la razón lógica, sino manteniendo con lo racional permanentes interacciones sistémicas y complejas de intercambios sistémicos conscientes e inconscientes; o por lo menos, no descritos actualmente por la ciencia. Desde esta perspectiva antropológica, de relación entre lo racional y lo mágico, en una misma naturaleza biológica de lo humano, se puede comprender la condición histérica del hombre en sus manifestaciones cotidianas. La específica constitución sistémica y compleja del cerebro del ser humano, lo convierte en un sujeto fabulador e imaginativo, al mismo tiempo que lógico racional. Es decir, asociada a la dimensión realista y objetiva de la racionalidad lógica del hombre, aparece la dimensión imaginaria y religiosa de los seres humanos.
En definitiva, como manifestación de la mente humana, las palabras, el signo, el símbolo y la figuración se utilizan para representar al pensamiento en modo de imágenes objetivas de la realidad, del entorno; pero, al mismo tiempo, el cerebro invade ese mundo exterior con sus imágenes, mediante los procesos de proyección e identificación, productores de incesantes antropomorfismo de lo ontológico, hasta transformarlo en mundos fantasmales, y se llega a la construcción de mundos imaginarios a los que se la carácter de existencia ontológica y se confunden en una misma visión lo real y lo imaginario, tal como lo expresa Morin (1972) al referirse a la dualidad entre la razón y lo imaginario:
Entramos en el reino de lo imaginario cuando las aspiraciones, los deseos, y sus negativos, los temores y terrores, llevan y modelan la imagen para ordenar según sus lógicas los sueños, mitos, religiones, creencias, literaturas, concretamente todas las ficciones. Mitos y creencias, sueños y ficciones son el brote de la visión mágica del mundo. Ponen en acción el antropomorfismo y al  doble. Lo imaginario es la práctica mágica espontánea del espíritu que sueña (p.91)

Asimismo, el hombre se manifiesta como un ser de una afectividad intensa e inestable, invadido por los mundos imaginarios, que tiene conciencia de la propia muerte y no puede aceptarla como un acontecimiento natural y personal, la muerte inquieta, atormenta, no es admitida. Entonces aparecen el mito y la magia como puertas de escape inexistente; el hombre es un ser de ilusiones y de quimeras religiosas, cuyo  carácter subjetivo de razón y magia le llevan a confundir el mundo  ontológico y real, con el mundo imaginado, pleno de fantasmas y dioses inexistentes, creados para esquivar el problema de la muerte personal, cosa que le hace estar permanentemente expuesto  al error epistémico y al error existencial. En efecto, Morin (1999), ya  en su primera obra publicada,  El Hombre y la muerte, escrita en el año 1951, cuando era un hombre joven de apenas treinta años de edad, Morin (1999) es claro en cuanto a sus opciones antropológicas desde la perspectiva de una ontología realista, sin falsas puertas de escapes míticas o religiosas  :
Si se quiere salir de la machaconería de la muerte, del ardiente suspiro que espera la dulce revelación religiosa, del manual de serena sabiduría, del “patetismo”, de la meditación metafísica en la que se exaltan los bienes trascendentales, si se quiere salir del mito, de la falsa evidencia como del falso misterio, es preciso copernizar la muerte (Pág. 18)

En todo caso, el ser humano resulta ser racional e imaginario. Por tanto, con la conciencia racional y lógica  del hombre aparece su locura impregnada de lo imaginario. Se trata de un modo de  demencia mitológica realmente antropológica, propia de la naturaleza exclusiva del hombre, que constituye su propio ser y que surge de la misma condición compleja del cerebro humano. La racionalidad y demencia del ser humano no son dimensiones yuxtapuestas,   son concebibles constituyendo las dos una relación sistémica y compleja en un mismo y único ser individual y social.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      
 En una concepción antropológica compleja. El hombre no es un ser angelical, una especie de ser celestial, semejante a los dioses, por lo que la locura propia del ser humano no puede desaparecer en cuanto rechazo a lo racional; no se trata de un desperfecto, el hombre manifiesta desde su realidad biológica la capacidad de imaginación y creación de realidades mitológicas. Lo que tendría que desaparecer sería la otra locura destructiva, la histórica que se ha dado y se da, cruel y destructiva de los hombres entre sí, esa dimensión asesina de la locura humana es la que tendría que eliminarse con el nacimiento de una nueva Humanidad, que acepte lo biológico y sus consecuencias naturales del ser del hombre.
En el fondo, la Modernidad positivista que ha colocado las bases de la concepción antropológica de la cultura occidental, ha simplificado el ser del hombre bajo infinidades de supuestas esencial universales, que explicarían de por sí, el sentido del ser personal y el ser de la sociedad; siendo en la Cultura Occidental la racionalidad del “animal racional” el concepto de mayor influencia. Claro, de lo que se trata es de comprender que la unidad del hombre es un problema cuyos aspectos sociales, políticos y éticos, no solamente preceden a los aspectos científicos, sino que actúan de modo oculto, desde los paradigmas filosóficos de los mismos hombres de ciencia, o influyen abiertamente, en el centro de la problemática científica en cualquiera de sus áreas. La dimensión biológica no es la “cárcel” del alma, al estilo del dualismo ideal de Platón, sino, más bien, su semilla.
La concepción antropológica de la Modernidad plantea una episteme centrada en el concepto homo, es decir, la unidad del hombre,  en que existe una esencia universal presente en todos los hombres particulares y que permanece más allá de las diferencias entre las personas. Sin embargo, esta unidad esencial y universal del hombre como persona es clara en lo abstracto, en lo teórico; pero, es frágil en la cotidianidad, responde a ingenuas apariencias que la mirada crítica disipa como humo. En la historia real de la humanidad, lo menos que se ha percibido como realidad es el hecho de que todos son igualmente personas dignas. A veces esa esencia antropológica, como por ejemplo la “racionalidad” se ha vivido como propio de una raza en particular, y no de todos los hombres por derecho natural.
 Hoy, en la cultura escolar, por mencionar solamente la dimensión de la cultura educativa, la idea de unidad y dignidad de la especie humana es frágil en su vivencia existencial. Los conflictos entre naciones, grupos, individuos  muestran que muy rápidamente la naturaleza extraña del otro, del extranjero;  fácilmente se convierte en el enemigo, se convierte en un “perro”, alguien cuya vida no es humana y carece de valor. Los epítetos de “rata”, “bachaquero”, “cochino”, “bestia inmunda”, “pato”, etc., se convierten  en valoraciones antropológicas despreciativas e insultantes, que identifican al otro con el animal; lo no humano, todas estas manifestaciones destructivas de relacionarse, revelan que la expulsión del hombre fuera de la humanidad está estrechamente ligada a todo fenómeno de enemistad, de conflicto, de desprecio.
 Entonces, la epistemología referida al ser del hombre entra en conflicto permanente con la vivencia existencial; un modo claro en donde se hacer permanente la relación del hombre racional, lógico, universal y el hombre demente y destructivo; y todo,  en una misma naturaleza humana compleja. La antropología de la complejidad une a la especie humana en lo biológico, en lo real, y no deja lugar a naturalezas divinas e inexistentes que producen exaltación y locura en la conducta del hombre.
Al respecto, se hace necesario, una antropología centrada en un paradigma epistémico que, en lugar de desunir desde una visión unilateral de la naturaleza humana única y universal, que en lo vivencia se opone a la posibilidad de una antropología de la diversidad, las vincule inseparablemente en una misma realidad humana. Este paradigma se propone desde el pensamiento de la complejidad, que tendría que enfrentar varios retos epistémicos, en cuanto a la teoría, se buscaría explicar a la vez la unidad y la diversidad propia del ser humano.
La antropología de la complejidad  plantea la necesidad de una metodología realmente apropiada a la naturaleza compleja de lo humano. El concepto de hombre, incluso desde el positivismo de la Modernidad,  donde es definido científicamente, conserva un carácter sociocultural irreductible y siempre presente. Pero ahí mismo donde es sociocultural, remite a un carácter biológico también irreductible. Se hace necesario, pues, combinar y complementar las dos dimensiones del concepto de hombre, según un circuito de relaciones sistémicas en el cual uno de los dos términos remite siempre al otro, circuito que permite al observador científico, filósofo, sociólogo, psicólogo considerarse a sí mismos, como sujetos biológicos enraizado en una cultura real e histórica.
La antropología desde la perspectiva del paradigma de la complejidad se fundamenta en que el hombre es un ser totalmente biológico. En primer lugar, todos los rasgos propiamente humanos provienen de rasgos primates o mamíferos que se han desarrollado y han llegado a ser permanentes en la especie humana. En este sentido, el hombre es un súper primate, rasgos como el uso de instrumentos e incluso una determinada forma de curiosidad, de inteligencia, de consciencia de sí, que se presentaban muy superficialmente en primates, han llegado a ser sistemáticos y complejos en el hombre. La misma observación  se ha dado en el dominio de la afectividad, el joven mamífero es un ser ligado a su madre, es decir, un ser que, en el medio exterior, tiene necesidad de reencontrar el medio interior y es esta forma primitiva de la afectividad la que llegó a ser fuente del amor y de la ternura humana.
Asimismo, los sentimientos de fraternidad y de rivalidad que se desarrollaron  en los mamíferos, también se han desarrollado en el hombre, quien ha llegado a ser capaz tanto de la mayor amistad, como de la mayor hostilidad con respecto a su semejante. Así, pues, en palabras de Morin (2000) a través de actividades grupales como la caza, el hombre se fue desarrollando de modo biológico:
La caza en la sabana da habilidades y capacita al homínido, convirtiéndose en un ser capaz de interpretar un gran número de ambiguos y tenues estímulos sensoriales. Tales estímulos se convierten en señales, indicios, mensajes, y aquel que sólo era capaz de reconocer ya puede conocer. Pone frente a frente la inteligencia con lo más hábil  y astuto que existe en la naturaleza, la lucha entre la presa y el depredador, con sus disimulos, maniobras y equivocaciones mutuas. Le obliga a encontrarse frente a y competir con lo más peligroso que existe: el gran carnívoro. Estimula sus aptitudes estratégicas: atención, tenacidad, combatividad, audacia, astucia, señuelo, trampa, acecho. (p. 72)

En realidad, no hay rasgo propiamente humano que no tenga una fuente biológica, todos portamos la herencia de nuestro pasado animal en nuestro jugar, gozar, diversión, modo de amar, en nuestro buscar en la territorialidad y la agresión. Así pues, el hombre realiza y desarrolla su animalidad, pero a través de una mutación evolutiva,  puesto que la conciencia humana ha creado una nueva esfera, la esfera social y cultural que no existe en la animalidad.
Asimismo, el hombre es totalmente cultural. En principio, todo acto está totalmente culturizado, comer, hacer el amor, dormir e incluso sonreír o llorar. Por ejemplo, que la sonrisa del japonés no es la misma que la risotada del norteamericano, del cubano o del brasileño. Además, los actos más biológicos son también los actos más culturales: nacer, morir, casarse. La familia, por ejemplo, es a la vez un núcleo reproductor-biológico, una placenta cultural donde realizamos nuestra educación y una célula sociológica que forma parte de un conjunto más vasto.
En definitiva,  la idea de una definición bio-cultural del hombre desde el paradigma de la complejidad es fundamental para superar el reduccionismo positivista de la Modernidad. Desde la visión del pensamiento complejo propuesto por Morin, el ser humano es totalmente humano porque es al mismo tiempo plena y totalmente viviente, y plena y totalmente cultural.













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